La Coordinadora en Defensa de Río Grande advierte que la presa de Cerro Blanco destruiría el último río vivo de la comarca sin evitar las inundaciones en Cártama, y reclama soluciones basadas en la naturaleza y evidencias científicas que son más rentables y efectivas.
La Coordinadora en Defensa de Río Grande, que agrupa a vecinos, agricultores y colectivos ecologistas de Coín y Guaro, quiere trasladar su posición ante el proyecto de construcción de la presa de Cerro Blanco. Lo hacemos en un momento en el que el debate sobre las inundaciones y la gestión del agua vuelve a estar sobre la mesa, y queremos aportar argumentos basados en el conocimiento científico y en la experiencia de quienes vivimos y trabajamos en este valle.
No estamos en contra de buscar soluciones. Al contrario. Lo que denunciamos es que se pretenda aplicar una receta del pasado —una gran presa de hormigón— a los problemas del presente y del futuro. Un futuro marcado por el cambio climático, por DANAS cada vez más intensas y por la necesidad de repensar nuestra relación con los ríos.
El río Grande, allí donde se proyecta la presa, es a día de hoy un río vivo y natural. No ha inundado viviendas. No ha generado tragedias. Su bosque de ribera, allí donde se ha conservado, cumple su función de frenar el agua y retener sedimentos. Es, como lo definen los estudios científicos, un caso de éxito que merece ser protegido.
Sin embargo, el proyecto que ahora se retoma —con un estudio de viabilidad dotado con 50.000 euros— pretende impulsar la construcción de la presa. Según los datos del primer proyecto, esta infraestructura inundaría una de las vegas más productivas de Málaga, expulsaría familias agricultoras y sepultaría bajo el agua un territorio fértil que lleva generaciones dando sustento a esta comarca.
Nos parece profundamente injusto que se pretenda sacrificar a un territorio para dar una falsa seguridad a otros. Y decimos falsa porque la ciencia es clara: las presas no eliminan el riesgo de inundación. Lo que hacen es crear una sensación de seguridad que fomenta que se siga construyendo en zonas vulnerables, hasta que llega una DANA superior a la prevista y el desastre es aún mayor.
Así lo pone de relieve numerosos especialistas como el doctor Antonio Gallegos Reina, profesor de Geografía de la Universidad de Málaga y experto de referencia nacional en riesgos de inundación. En sus numerosas publicaciones científicas, advierte que durante años se ha priorizado un enfoque basado exclusivamente en obras de ingeniería, un modelo que «se ha demostrado erróneo o insuficiente», y reclama un cambio hacia la prevención y la ordenación territorial que respete los procesos naturales.
Precisamente, el doctor Gallegos incide en esta idea con una advertencia clave: «Las presas sirven para prevenir avenidas de baja y mediana intensidad, pero en avenidas de alta intensidad, las que realmente son peligrosas, las presas se pueden convertir en un peligro añadido, como hemos podido comprobar en las últimas semanas, al ser necesarios desembalses que se suman a la propia escorrentía del evento tormentoso». Esta evidencia científica desmonta la falsa seguridad que ofrecen estas infraestructuras y nos sitúa ante el verdadero problema: el riesgo extremo no se elimina, se agrava.
Un ejemplo cercano lo tenemos en la presa de Casasola, construida precisamente para proteger de las inundaciones al barrio de Campanillas, en Málaga capital. A pesar de contar con esta infraestructura, las imágenes de Campanillas anegado tras cada gran tormenta se repiten una y otra vez. De hecho, hace apenas unas semanas, la Junta de Andalucía ordenaba desembalses en Casasola y otras tres presas de la provincia ante la llegada de la borrasca Leonardo, reconociendo implícitamente que la capacidad de estas infraestructuras es limitada y que el riesgo persiste.
La propia Junta ha tenido que invertir 2,1 millones de euros en obras de emergencia en Casasola para reparar los daños causados por las tormentas y mantener operativos sus desagües. Si una presa de las características de Casasola, construida específicamente para defender Campanillas, no ha conseguido acabar con las inundaciones en esa zona, ¿qué nos hace pensar que una presa en el río Grande solucionará los problemas de Cártama?
Recientemente, la Junta de Andalucía gastó más de 12 millones de euros en dragar el río Guadalhorce. Esa obra, según han denunciado una y otra vez las asociaciones ecologistas y los investigadores que estudian nuestros ríos, no sirvió para nada. Tras las crecidas del pasado invierno, el agua volvió a anegar las mismas zonas de siempre —Doña Ana, La Estación— con la misma intensidad.
Doce millones de euros desperdiciados.
Los dragados, explican los estudios, lo que hacen es acelerar la corriente. El problema no se soluciona, se traslada aguas abajo. Además, los sedimentos que se retiran vuelven a aparecer en la siguiente crecida porque el río los repone de forma natural. Es una lucha contra la naturaleza que siempre se pierde.
Lo mismo ocurriría con la presa. No es una solución mágica. Es una infraestructura rígida, carísima de construir y de mantener, que además quedará obsoleta a medida que el cambio climático intensifique los fenómenos extremos. ¿De verdad queremos repetir los mismos errores?
Frente al fracaso del modelo basado exclusivamente en obras de ingeniería, la comunidad científica lleva años publicando evidencia sobre las estrategias que realmente funcionan. Investigadores de la propia Universidad de Málaga han contribuido a este consenso, que puede sintetizarse en las siguientes líneas de actuación:
La primera es restaurar el bosque de ribera y dar espacio al río. La vegetación autóctona en las orillas actúa como un freno natural del agua. Mientras que el hormigón acelera la corriente, un río con su bosque bien conservado reduce la velocidad de las crecidas, retiene sedimentos y, además, crea un corredor de vida y biodiversidad. Es más barato, más efectivo y no necesita mantenimiento.
En esta misma línea se pronuncia Iñaki Alday, catedrático y decano de Arquitectura en la Universidad de Tulane y experto internacional en soluciones basadas en la naturaleza. Alday, impulsor de proyectos de renaturalización fluvial en España, sostiene que “hay que hacer sitio a los ríos para que se desborden sin causar daños”. Frente a la percepción tradicional de la riada como amenaza, subraya que las avenidas forman parte de la dinámica natural del territorio y aboga por generar espacios de inundación controlada que compatibilicen la seguridad humana con la integridad ecológica del territorio.
La segunda, y quizá la más importante para garantizar el agua en épocas de sequía, es permitir que el río recargue de forma natural los acuíferos del Bajo Guadalhorce. Los acuíferos de Málaga tienen cinco veces más capacidad que todos los embalses juntos y, a diferencia de estos, el agua almacenada en el subsuelo no se evapora. Conservar estos acuíferos y hacer un uso inteligente de ellos garantizaría el suministro a la población sin necesidad de inundar vegas fértiles ni construir grandes infraestructuras.
Son soluciones más baratas, más efectivas a largo plazo y que, además, generan beneficios colaterales: turismo de naturaleza, empleo local, biodiversidad, calidad ambiental. No entendemos por qué no se exploran con la misma atención que se dedica a la presa.
Somos conscientes de que hay familias que viven en zonas de alto riesgo, como el barrio de Doña Ana en Cártama. Cada vez que llueve fuerte, sufren. Y eso no puede seguir así.
Lo que hay que hacer es sentarse a hablar con esas familias, buscar fórmulas de reubicación digna, aprender de lo que se está haciendo en otros lugares. En Valencia, tras la última DANA, se están habilitando fondos para que los ayuntamientos compren viviendas en zonas inundables y las conviertan en espacios verdes que actúen como amortiguadores naturales de las crecidas. Esa es la vía: justa, negociada, y que respeta tanto a las personas como al territorio.
Sabemos que no es fácil. Detrás de cada vivienda hay una historia, un proyecto de vida. Pero lo que no podemos hacer es condenar a esas familias a vivir con el miedo permanente, ni trasladar el problema a otros. Hay que afrontarlo con valentía, con recursos y con justicia social.
Desde la Coordinadora en Defensa de Río Grande hacemos un llamamiento a las administraciones públicas —Junta de Andalucía, Confederación Hidrográfica y ayuntamientos de la comarca— para que abandonen la idea de la presa y abran un debate serio, participativo y basado en la evidencia científica sobre el futuro de nuestro valle.
En Málaga tenemos investigadores de primer nivel que llevan años publicando estudios sobre nuestros ríos, sobre su dinámica, sobre cómo gestionar el territorio de forma inteligente y respetuosa con la naturaleza. Sus trabajos están ahí, al alcance de cualquiera que quiera leerlos. ¿Vamos a hacer oídos sordos? ¿Vamos a repetir los errores del pasado sólo porque es más fácil seguir haciendo lo de siempre?
El clima está cambiando. Las DANAS son cada vez más destructivas. Ya no vale el «siempre se ha hecho así». La naturaleza nos está pidiendo a gritos que cambiemos de modelo.
Por eso decimos: no a la presa de Cerro Blanco. Sí a un río vivo. Sí a un territorio resiliente. Sí a soluciones que miren al futuro y no al pasado.